ESPECIAL JEAN-CLAUDE ROUSSEAU

Una película con clavos y cordeles

por Jean-Claude Rousseau


¿Cómo hacerla? La plancha mide cuatro metros. Todavía está debajo de la pantalla en el anfiteatro de Saint-Charles, donde se celebran cada miércoles las sesiones del cine-club. Giovanni Martedi ha avisado. Esta noche, Dominique Noguez le ha invitado a una carta blanca, así que ha traído la plancha y la va a colocar sobre dos pupitres volcados en forma de caballetes. La película comienza. De una punta a la otra de la plancha, Giovanni desenrolla la película. Hace su película. En la sala, no muchos comprenden lo que ocurre. No creen al cineasta: la película ha empezado. Distraídos en su impaciencia turbulenta, ¿esperan a que se acabe la película para ver? Pero entonces no habrán visto nada. Un clavo fija la película al extremo de la plancha. Giovanni la gira, desenrolla otro nuevo trozo hasta el otro extremo, pone el otro clavo. Gira de nuevo la plancha y vuelve a empezar por el otro lado, desenrollando la película. Estamos en una cámara oscura y vemos como a plena luz del día. No es una ilusión, sino un misterio. Puede que el de una obra de Beckett. Puede que sea incluso más sorprendente, puesto que estamos en la sala. Por lo tanto, es cierto que el negro ilumina. La distracción hace aumentar la impaciencia de quienes querrían que las luces se apagasen mientras se hace de noche, que se encendiera la lámpara del proyector y la sala se convirtiera en una pantalla iluminada. En la película, no hay otra emulsión que no sea la de la emoción del espectador. Simplemente eso, al ritmo de los clavos que se van colocando, la cadencia de los pasos... De un extremo al otro de la plancha, se expone la película. Peor para ellos, si andan buscando el motivo de esta exposición. No hay nada que explicar, no se pretende nada. Giovanni sigue. Las tiras de 16mm recubren ya toda la superficie de madera por los dos lados. Fin del primer tiempo.

Segundo tiempo. El azul interviene. Se empapa un cordel en la tinta. Se extiende siguiendo la alineación de la película, colocándola con cuidado primero en un extremo y luego en el otro de la plancha. Levantado por en medio, el cordel vuelve a caer, chocando contra la película allí donde el color se asienta en una línea recta como el polvo de tiza azul, cuyos trazos en el cordel recuerdan a las marcas del albañil. De una fila a otra, la cuerda pellizcada producirá el mismo sonido dejando una marca azul cada vez menos aparente. Los más curiosos van a ver. Al llegar al borde de la plancha, Giovanni la gira, sumerge el cordel y, de nuevo, totalmente impregnado de azul, lo extiende sobre la otra superficie que recibirá de manera similar el color. 

En el tercer tiempo de la obra, el del desenlace, los espectadores vuelven a su sitio. Giovanni retira los clavos. De un extremo al otro de la plancha, girándola otra vez, a lo largo, enrolla la película en su bobina. Al final de esta ópera, el proyector hace su papel. Giovanni Martedi avisa: «Presten atención, miren si quieren las perforaciones».

No interviene la ilusión en lo que vemos. No es un registro, un falso recuerdo. Es eso. La película extendida con los clavos, y luego, como coda, la película revelada. ¿Perforaciones visibles? El azul perfora la pantalla. ¿Cómo decirlo?

Publicado originalmente en
Revue d'esthétique, n°6, {le cinéma en l'an 2000}, 1984, Éditions Privat.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.

© De las fotografías: Jacques Brunswic